Seguridad jurídica y entorno geopolítico, por Adolfo Menéndez,

Escribió Edward Gibbon que: “En el siglo II de la era cristiana el Imperio de Roma abarcaba la parte más bella de la tierra y la más civilizada del género humano. Las fronteras de esa extensa monarquía estaban protegidas por la antigua fama y el valor disciplinado. La suave influencia, aunque poderosa, de las leyes y las costumbres había cimentado progresivamente la unión de las provincias…”.

La suave influencia de las leyes y las costumbres es precisamente la que hace posible un orden internacional pacífico y su ausencia es la que destruye la paz. No es inusual, por otro lado, que quienes incumplen la ley y las costumbres, porque no les gusta o no les conviene, sean los primeros en argüir toda clase de excusas para justificar su capricho y eludir toda culpa, que siempre es ajena. Los incumplidores se ufanan también, con frecuencia, de liberarse de la ley y las costumbres, sin entender, que con tal clase de transacciones, liberan de igual forma a los demás de la suave influencia de estas; y se arriesgan a que éstos, a su vez, decidan imitarles y hacer su voluntad, que bien pudiera ser responder violentamente al agresor. Este es, por supuesto, el bonito juego que socaba desde tiempo inmemorial toda convivencia pacífica.

Los propios romanos, sin que parezca que en estos asuntos haya habido gran innovación disruptiva, fijaron el criterio de que si queremos la paz debemos estar preparados para la guerra. Lo cual no es, por supuesto, un alegato belicista, sino todo lo contrario, un principio de sensata prevención y disuasión del conflicto. Porque el primer paso para preparar la guerra es precisamente prevenirla. ¿Cómo? Con la suave, pero poderosa, influencia de las leyes y las costumbres, porque la economía y la técnica son imprescindibles, pero no suficientes. Junto, obviamente, con la construcción y mantenimiento de una fuerza de disuasión capaz, operativa y suficiente, es decir, la protección de la antigua fama y el valor disciplinado.

En resumen, la seguridad jurídica es el fundamento de la convivencia justa, de la fertilidad técnica y económica, de la libertad y de la democracia que caracterizan a las sociedades abiertas, que son sociedades con reglas.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de la seguridad jurídica? La seguridad jurídica es tener la certeza sobre la normativa aplicable y los intereses jurídicamente tutelados, es la expectativa razonablemente fundada del ciudadano en cuál ha de ser la actuación del poder en la aplicación del derecho, es la claridad del legislador y no la obscuridad normativa. Por lo tanto, sólo si, en el ordenamiento jurídico en el que se insertan y teniendo en cuenta las reglas de interpretación admisibles en derecho, el contenido o las omisiones de un texto normativo produjeran confusión o dudas que generaran en sus destinatarios una incertidumbre razonablemente insuperable acerca de la conducta exigible para su cumplimiento o sobre la previsibilidad de sus efectos, podría concluirse que la norma contenida en dicho texto infringiría el principio de seguridad jurídica.

El derecho internacional o el derecho global, sin ser exactamente lo mismo, coinciden en la elemental idea de que las reglas deben ser cumplidas y quién las infringe incurre en responsabilidad. Porque no es bueno olvidar que el derecho se construye y se legitima con la participación de todos, pero se aplica por la fuerza frente a quienes al no respetarlo, no respetan a los otros, al prójimo.

La injustificada invasión rusa de Ucrania ha roto las reglas internacionales vigentes. Y al romperlas pretende llevarse por delante la suave, pero poderosa, influencia de las leyes y las costumbres como base del orden internacional, sustituyéndola por una vieja conocida, la fuerza bruta.

Por eso cabe decir, sin lugar a duda, que la seguridad jurídica ha sido puesta en almoneda con esta invasión y que los ucranianos defienden legítimamente, no solo su libertad y su patria, si no la libertad de todos, es decir la libertad con mayúscula. Los sucesos de Ucrania resultan paradójicos, por cuanto pretendiendo la imposición por la fuerza lo que han hecho, además de lo dicho, es despertar las conciencias de la UE y de la OTAN que se han puesto de inmediato, conjunta y unánimemente, a la tarea de afrontar el enorme desafío que se les presenta. 

Francisco Uzcanga, en su libro “El café sobre el volcán”, nos traslada al Berlín de entreguerras: “…Mi idea inicial- nos dice-era escribir un ensayo sobre el mundo de la cultura en Berlín durante aquellos años de crisis. Luego buscando información me topé con el siguiente párrafo:

Los judíos bolcheviques están sentados en el Romanisches Café y urden ahí sus siniestros planes revolucionarios; y por la noche invaden los locales de esparcimiento de la Kurfürstendamm, se dejan incitar al baile por orquestas de negros y se ríen de las miserías de la época.

Lo escribió Joseph Goebbles, por lo que deduje que el Romanische Café sería un lugar fascinante. Las pesquisas posteriores lo confirmaron: no era exactamente un nido de revolucionarios, pero eso que Goebbles llamaba “judíos bolcheviques” resultó ser la plana mayor de literatos, artistas e intelectuales que se apiñaban en el Berlín de los años veinte del siglo pasado. Así que mi libro giraría en torno al Romanische Café…

Su libro, de placentera e instructiva lectura, identifica como uno de los rasgos de la época el insidioso triunfo de la irracionalidad; lo que constituye a su vez, visto desde “la cómoda butaca de la perspectiva histórica” en expresión del autor, un aviso a navegantes, una sutil pero clara advertencia que no conviene desoír.

Todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay repetirlo cada día, señaló André Gide, que en esto sí tenía razón.

Están en juego principios y valores, entre ellos la seguridad jurídica internacional, y urge, en interés de todos, que nos esforcemos por recuperarla, desde la defensa y desde la diplomacia, porque de ello dependerá nuestro futuro en un siglo cuyo eje geoestratégico va a girar, sin duda, en trono a la confrontación entre la libertad y la tiranía, entre las democracias y las autocracias.

 Pero lo importante, con serlo, no es solo la enunciación de determinados valores y principios, sino su concreción. Hechos, no palabras. Conviene recordar el consejo de Don Quijote a Sancho Panza, cuando este toma posesión del gobierno de la Ínsula Barataria: “Sancho, leyes pocas y que se cumplan” , (<< No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen, antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas, que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron a ella>>

No es tiempo para el desánimo, sino para la acción esperanzada.

 

Adolfo Menéndez Menéndez

Presidente de la Asociación Atlántica Española